Cuando alguien decide irse, siempre me duele mucho. Me duele como si fuera la primera vez que sucede, aunque quizás me duele más el hecho de que sean cada vez más veces.
Cuando alguien decide irse, una partecita de mi se va con esa persona. La yo que me sentía. La yo que ilusamente creía que era un poquito querida. La yo que disfrutaba tener cosas en común con ese ser que decide dejar de ser, por lo menos conmigo.
Cuando alguien decide irse, es porque realmente esa persona ya no tenía un por qué quedarse en mi vida. No encontraba motivos e hizo lo que la hizo alguien más feliz, más libre.
Cuando alguien decide irse, comienzan las preguntas, ¿habrá sido por mi culpa?, si así fue ¿qué hice?; ¿encontraste algo en mi, que desconocías, que no te gustó?, ¿dejé de ser suficiente para vos?, ¿me convertí en alguien que te impedía ser feliz?, ¿te sobraba?
Cuando alguien decide irse vuelve mi desconfianza hacia el mundo. Pienso que seguramente todos están esperando a hacer lo mismo, a encontrar el momento justo de irse. Mi cabeza arma escenarios donde cada uno se cansa de mi, preguntándome si faltará mucho para que ese escenario se haga realidad y lo enfrente a los ojos.
Cuando alguien decide irse me siento sola, insegura, vulnerable, triste. Luego recuerdo que no estoy sola, que, al menos todavía, siempre hay otra persona demostrándomelo, haciéndome sonreír otra vez.
Cuando alguien decide irse, prefiero que lo haga, antes que se quede y no aporte nada, aunque me duela.
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