Estás en cada lugar que visito, en cada estación del año, en cada bondi en el que viajo, en cada café que digiero, en cada atardecer que admiro, en cada risa que escapa de mi boca, en cada película que veo, en cada canción que escucho, en cada libro que leo, en cada paso que bailo arriba de mis rotas media punta, en cada palabra que escribo.
Cada vez que llega el invierno recuerdo que nunca te gustó el frío, que lo sentís de más, que te gusta poder usar camperas, pero preferís lucir una remera mangas cortas con cuello en V y colores lisos, el tono y la expresión que usas para decirme que tengo las manos frías “eso es porque estás muerta” y yo río, puede ser que esté un poco muerta, puede ser que sea de amor. A diferencia de mí, incluso cuando el frío era intenso y temblabas, para mí siempre tenías las manos cálidas.
Cada vez que llega el verano recuerdo que tu sonrisa cada día que salimos y yo me pongo de mal humor, cuando todo me molesta, porque odio el calor, pero vos sólo decís “que exagerada que sos” o “¿no te da más calor el pelo suelto?
Cada vez que tomo un café recuerdo que lo tomas amargo y que lo preferís puro, yo con leche y mucha azúcar, me gusta mucho el azúcar. A este recuerdo se le suma tu manía, tu hermosa manía de sorprenderme con un abrazo por la cintura y unos cuantos besos.
Cada vez que me quedo observando como el sol poco a poco se va escondiendo en un hermoso atardecer —que sabes que me vuelven loca—, casi pareciera que no quiere terminar de irse nunca, me acuerdo de vos y de como yo tampoco quiero irme nunca de vos, y me acuerdo de esa siesta arriba tuyo de la que me despertaste con un beso y un mensaje que tenía un cielo casi tan hermoso como las palabras que elegiste para despertarme, y de lo que adoro compartir esos atardeceres, esos colores y paisajes con vos.
Cada vez que viajo en bondi, conversaciones nuestras vienen a mi cabeza como un guion ya estudiado y muchas veces estoy a punto de reírme, pero creo que sería un poco raro, entonces cambio de recuerdo. Experiencias vividas o anécdotas de algo gracioso, y el viaje parece mucho más corto, más amistoso.
Cada vez que veo una película, recuerdo todas esas horas en mi sillón, o en tu cama viendo miles de películas. Es imposible olvidarme las siestas que dormía en alguna que otra película, pero es que entre tus mimos y la paz que me transmitía estar entre tus brazos le ganaban a cualquier comedia o suspenso que eligieras.
Cada vez que escucho una canción recuerdo todo de vos, porque casi todas las canciones que escucho suenan a vos.
Cada vez que leo un libro porque compartimos algunos escritores en común —(no) casualmente uno de mis favoritos—, y en los que no, siempre hay algún romance intentando ser como el nuestro.
Cada vez que bailo arriba de mis rotas media punta, porque cuando bailo me siento libre, más ligera y con el movimiento del primer paso, a la velocidad de la primera nota mis problemas desaparecen y no puedo pensar en nada, solo en moverme y bailar. Lo mismo me ocurre con vos y mis problemas se esfuman o se vuelven tan insignificantes que ya no son problemas sino cosas por resolver analizas desde otro punto de vista quizás más calmo.
Cada vez que escribo una palabra, porque no sé si sola hubiera tenido la fuerza que se necesita para volver a hacerlo, no sé si era que había perdido las palabras, pero vos me las diste de vuelta y fue sin intención, fue algo de lo que no te diste cuenta pero que definitivamente te voy a agradecer siempre.
Es una persecución sin intento de escapar, suena raro, es raro. Estás en todos lados y aún así se siente bien, como si no quisiera admitir que me gusta, por lo que no tengo intenciones de huir.
Es una persecución sin intento de escapar, dudo que a vos te pase lo mismo.
Es una persecución sin intento de escapar, porque ya me atrapaste hace mucho.
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